jueves, 2 de octubre de 2008

Mercadillo para pedantes

Según síntomas, el manejo de un gran -importante, dicen los bien hablados- número de estadísticas afecta al caletre. Sólo así se explica que cierto periodista pueda llegar a ver -puesto que así la llama- improbable una victoria de Fernando Alonso que ya se ha producido; siendo así que, por muy asombrosa e inesperada que sea, deja de serlo y se convierte en un hecho, celebrado o no -depende de la perspectiva-, del que casi todo el mundo tiene noticia.
Sería, sin embargo, de poco avisados excusar tal desliz verbal por el embotamiento de la mente llena de porcentajes, pues, higas como ésta, se nos hacen, desde los medios de información, todos los días, a los que respetamos y cultivamos -en la medida, siempre mejorable, de nuestras posibilidades- la propiedad de la lengua española. No son únicamente errores lo que cometen los periodistas que sacrifican el sentido común a lo mostrenco. Es una tendencia, la suya, que tiene a grandes parcelas de la lengua, y por ende, de la mente de muchas personas, sobre las que influyen tanto idiomáticamente, en trance de convertirse en pura vaguedad, imprecisión y pintoresquismo huero.
Cosas tan elementales como la probabilidad o la improbabilidad de un hecho son lo que los periodistas están trastocando, para ser diferentes -eso es ahora lo periodístico- del común de los hablantes (incluyo aquí también a los educados y más o menos cultos en letras, como los cultísimos académicos de la lengua, tan injustamente despreciados por ser tales, pues ellos también hablan español normal y corriente, aunque, además, dominen un lenguaje especializado para comunicar su saber, hecho de conceptos que necesitan de un lenguaje más preciso que los vehicule, que, naturalmente, ha de rebasar el repertorio de giros y voces del pueblo -cada vez menos llano en el hablar que informan la televisión, la radio y la prensa, sobre todo la deportiva-, pero que en ningún caso se trata de una jerga académica) cuando hablan o escriben.
Los periodistas de hoy, herederos de los que empezaron a hablar rarito, hace ya bastantes años (unos cincuenta o más), son gente aún menos concienciada de los beneficios personales y del procomún que derivan de conocer bien la lengua española, y, claro es, la cosa ha ido a peor. Exhiben sus perlas idiomáticas de bisutería sintética, las mismas y a diario, lo que tiene pero que muy poca gracia hecho a todas horas. Veamos algunas con las que nos quieren deslumbrar: parece habérseles pegado un especial gusto por decir eso sí a troche y moche, aunque lo que digan precise, más bien, del valor adversativo de un pero, o del contrastivo de en cambio; o el recurso a esos adjetivos, tan sobados innecesariamente: hoy todo es masivo e histórico; el adverbio literalmente para significar mucho o muy, y no "conforme a la letra o sentido literal" -cuando lo utilizan, curiosamente, no suele haber ambigüedad- ni que deba "interpretarse en la plenitud de su sentido la palabra a la que acompaña" dicho adverbio. "El bosque arde literalmente", nos dice la reportera de televisión, con las llamas enormes viéndose a lo lejos.
Es endémico en el periodismo español, que hace de él uso exclusivo, el condicional en -ía para expresar una hipótesis o un rumor -especulaciones, dicen ellos-, forzándolo tanto como al adjetivo supuesto; así, dicen, por ejemplo, que el mafioso -o supuesto mafioso- de turno podría haber escapado a Suramérica. ¿Cómo que podría? ¿Si le hubiesen dejado? ¿Si no lo hubiesen prendido antes? ¿Si qué? Pero no hay respuesta, ¡es que hablan así! O eso otro, de indios del Far West, al final de los telediarios: decir que..., destacar, verbigracia, las nubes del centro de España, tras ese infinitivo pelado, como si nos leyesen "sus apuntes en bruto"
, nos dice certeramente Fernando Lázaro Carreter en su El dardo en la palabra.
Hoy he oído cómo un afamado piloto de motocicletas despachaba a un reportero que lo importunaba sin darle tregua, con pretensiones de llevarse un buen titular rosa. Le preguntaba, cómo no, sobre su vida amorosa, a lo que el motociclista contestó: "Sí bueno, decir que ahora mismo estoy soltero." Y es que, dar muestras de estar tan familiarizado con la jerga y el estilo periodístico-administrativos de la inteligentzia mediática, le otorga a uno cierto prestigio ante el paisanaje; para que no se diga que sólo tiene cuentaquilómetros en la sesera.
Aparte sus émulos, creen los periodistas que deben hablar así para medrar en su profesión, sin importarles en absoluto la ignorancia que demuestran, a sabiendas de que el pueblo tolera su locuela y la tiene por algo normal, algo que deben hacer el esfuerzo de entender -e incluso imitar- si no quieren ser tenidos por palurdos: los periodistas hablan así precisamente porque lo son y tienen mundo (cosa que se da por hecho y que no tiene por qué conllevar demasiada cultura; en todo caso, se les supone con una cultura de otro tipo: la del cotarro, el establishment, y lo políticamente correcto, mucho más útil en nuestro tiempo, que se cree superior a todos), y hasta se les reconoce cierto mérito, ya que han tenido que aprender a ser ecuánimes en su labor informativa, a diferencia del resto de los mortales, que trinamos cada dos por tres.
Se ha librado a la sociedad del esfuerzo de pensar -y aun del de opinar-, siquiera de forma general, sobre la política, la economía, las ciencia y las artes de su país. De estas últimas, el arte actual, merece mención aparte. Es ese que ha de tener una causa fuera de sí que lo justifique, amén de diletantes -y mecenas-, jóvenes o no, pero que sean espontáneos y que no lo prejuzguen -sobre todo los mecenas-. Todos estamos llamados a convertirnos en gustadores de eso que se llama otra mirada del artista, la cual ha de poseer, a su vez -y a su manera-, claro está, quien mira. No vale mirar para otro lado, porque, por muy variopinto que sea -como su público fundamental-, y pretendidamente hecho a sí mismo al margen de las tradiciones que dictan el buen gusto, representado y coordinado por las academias, el arte actual -el que se va perfilando como vigente, por haberse buscado una utilidad irreprochable- es eminentemente humanitario, hasta el punto de hacerse sumamente abstracto o simple, conceptual y estéticamente, ya que, cualquiera que sea la causa por la que se lucha artísticamente, ella será también la que motive la exctracción de sentido en el espectador.
Es tanto el esfuerzo mental -de ningún modo el tiempo- que nos ahorran estos medios de comunicación globales que, sin ellos, no sabríamos poner las cosas en su debido sitio y hace tiempo que se nos habrían dado la vuelta como un calcetín. Es la información la materia prima con la que trabajan desde -ellos no dicen con o mediante, pues el suelo que pisan es la misma virtud que predican- la profesionalidad; ya pocos se atreven a llamarle objetividad, no por imperativo moral, sino porque esa palabra ya no lleva a ningún sitio y, en cambio, puede suscitar dudas a más de uno que mejor estaba calladito.
Pero es el caso que, como tengo dicho, desde hace algún tiempo a esta parte, el lenguaje periodístico (y a la par el administrativo) español viene cargándose de giros y palabras espurios que a uno le parecen destinados a que entiendan antes los de fuera que los de aquí, y que no hacen sino exasperar al personal a base de neologismos y circunloquios (aun siendo aquél buen entendedor, y, precisamente, por serlo), pero que resulta ser un sucedáneo de la buena dicción para la que hace falta una buena escolarización y muchas lecturas.
De los dislates verbales de los medios (y aun de los propios), uno se da cuenta gracias esa sensibilidad idiomática que todos tenemos, si no la hemos echado a perder, claro está, viciándola con palabrejas y modos de decir pintorescos para engalanar nuestra expresión, generalmente pobre, si no se ha informado, como digo, con los libros. Pero, sobre todo, leyendo ese delicioso que es El dardo en la palabra (el primero y el nuevo). Y, naturalmente, tantos otros de los maestros de nuestra lengua; aprendiendo, también, de los pocos pero doctos que todavía enseñan en los institutos y las facultades universitarias, esos catedráticos sabios -no todos lo son-, poco conocidos y que hacen vida normal, como un profesor mío de Historia de la lengua inglesa, que no renuncia, como muchos otros, a dominar y a amar la suya propia. ¡Y hay que ver cómo se expresa en ambas! Con los recursos que le da cada una, sin colgarse joyitas baratas del mercadillo de los pedantes.