martes, 25 de agosto de 2009

Bochorno literal

El frío, me hacía notar un amigo el otro día, es cosa que no existe sino como sensación térmica. Lo que hay es más o menos calor. Decimos bien, pues, que ahora, a finales de agosto, hace calor y mucho: no hay quien duerma a gusto por la noche (salvo los que ponen el aire acondicionado a temperatura de iglú), y, si uno no hace algo por remediarlo, como pegarse un chapuzón en la piscina o en la playa, pasa el día enervado, sin fuerzas.
Afortunadamente, el hombre del tiempo, en su previsión por comunidades, ha anunciado una serie de tormentas que, entrando ya por los Pirineos, vienen a librarnos de este bochorno a los habitantes de Cataluña (sorprende que a semejante bendición haya quien todavía la llame riesgo de tormentas o de lluvias). Los gerundenses son los primeros en notarlo: allí, en Gerona –dice el meteorólogo– “ya están bajando literalmente las temperaturas”. ¡Menos mal! Pero, ¿por qué literalmente? Debe de ser que aquí donde estoy, en la Costa Dorada, también van bajando, pero todavía en sentido figurado, que no es tal, sin embargo, si digo que sudo con solo mover un dedo.
Esto de que a los periodistas les haya dado por utilizar el adverbio literalmente para significar algo así como de verdad, muy o mucho, obedece a una voluntad de distinguir o adornar su expresión con un toque chic a lo CNN (cuanto más habiendo un canal homónimo en la televisión de España en el que hablar así es un plus) o la BBC; y es que, en inglés, literally sí se usa ponderativa o hiperbólicamente de forma normal (informa el Merriam-Webster Online), cosa que, a pesar de la insistencia de los medios, aún no sucede en español, aunque a aquellos que desvarían con el idioma se les adivine lo que quieren decir.
Así, no hace mucho, oí que el entrenador de un famoso club de fútbol con demasiados millonarios en nómina tenía un “quebradero de cabeza literal”, vamos, una cosa bárbara. Ya no me extrañó tanto oír aquello, pues, la pasada primavera, en la que hubo incontables inundaciones, ya me había sorprendido un simpático reportero desplazado al lugar de la desgracia; micrófono en mano, dijo que se había quedado “literalmente pegado” al lodazal que cubría el suelo de la vivienda en la que se encontraba, una de las muchas afectadas por las riadas. Con ello –era evidente– no estaba aclarando que la adherencia de sus katiuskas al suelo viscoso de la casa no era un decir, sino que hablaba como un periodista: mediante esos destellos verbales ajenos a la lengua común y comprendida por todos, demostrando ese conocimiento superficial del idioma que caracteriza a los de su profesión.
Poco importa ya a casi nadie que la televisión e internet marquen la pauta del nuevo español estándar, forjado a base de palabras y giros pretendidamente más profesionales que los usados. Uno a veces se cansa de quejarse en balde, no hay nada que hacer. Aquí, las gotas, aunque pocas, han empezado a caer y el aire a refrescar, dándonos, al menos a mí, un auténtico respiro, ¿o debería decir literal?

viernes, 26 de junio de 2009

Abstracciones futbolísticas

Los comentaristas deportivos son muy dados a la abstracción, y, el fútbol en especial, da para mucha. Veamos sólo una pequeña parte.
Sutil conceptuación es, por ejemplo, llamar a determinadas acciones (ya sean pases o desmarques) jugadas entre líneas, a saber: que suceden entre las líneas defensiva, media y delantera. Es más, los jugadores mismos poseen en el campo la condición de líneas, si se tiene en cuenta que, al caer o ser derribados por un contrario que les hace una falta, se dice de ellos que han perdido la verticalidad; la misma −se supone− que recuperarán al levantarse.
Sucede no pocas veces que el balón rueda solo por un fallo en el pase o el regate, ocasión que aprovechan los que pueden apropiárselo: está entonces el balón dividido. Hay la posibilidad, también, de que pasen los minutos y ninguna jugada de uno de los equipos (o de los dos) termine en gol (aunque los intentos lleven mucha o poca intención, o lo que algunos llamamos todavía veneno); cuando esto suceda, el problema estará, según los cronistas de la escuela valdaniana, no en la falta de suerte o acierto, sino en la falta de definición.
Eso, por lo visto, es de lo que carecieron nuestras selecciones absoluta (como llaman algunos a la de los mayores) y subveintiuno (o relativa), que también se nos ha quedado con las ganas de un nuevo éxito; como dijo Vicente del Bosque −con deje periodístico−: "no hemos tenido suerte de cara al gol", lo que nos debería recordar que algunos vivimos aún de espaldas a una realidad que tantos y tantos entendidos del balompié se ocupan de enunciar cuantas veces haga falta: el fútbol es así.

domingo, 19 de abril de 2009

Pepsistiremos

En el último partido –hasta la fecha– de este incansable Barsa, se pudieron leer, como suele ser costumbre, pancartas de esas en las que los aficionados se expresan con mensajes que van desde el simple chiste al verdadero rapapolvo; algunos, hay que reconocerlo, son admirablemente ingeniosos. Muy a menudo hacen referencia a entrenadores o presidentes enquistados, o a determinados jugadores que cumplen, y aun sudan la camiseta (o su ausencia), más cuando libran que cuando juegan (al fútbol, se entiende). También se rotulan –sobre sábanas enteras y aun superficies más grandes–, cómo no, expresiones de ánimo, cuando la cosa va mal y hay esperanza (o misericordia) entre el público; pero también de alborozo, y más cuando ya se vislumbra, como es el caso para el Barcelona, la máxima gloria. Sin embargo, el referente de tales mensajes sólo se entiende si se está al corriente de lo que sucede en el mundillo –o galaxia, como lo ven algunos hiperbólicos– de los deportes.
Así, los dibujos de las pancartas, cuando los hay, hacen alusión a hechos o aspectos circunstanciales del momento en relación con el equipo, del mismo modo que los textos, cuyas palabras pueden también ser fruto de la inventiva de un aficionado (de buena o mala índole) que juega con lo que la gente sabe –verbigracia, sobre un jugador, un entrenador o un secretario técnico– y la norma lingüística, esa a la que uno está normalmente sujeto para la comunicación cotidiana, pero que, en un momento dado y para algo muy concreto, se permite quebrantar. Pueden, cómo no, crearse palabras nuevas, como ese pepsistiremos del título; pero, sólo tiene sentido hacerlo si sabemos que su significado será perfectamente reconocible en unas determinadas circunstancias, como fueron, en este caso, las del último partido del Barsa; y no sólo las circunstancias: no debe olvidarse que es precisamente la norma la que, al ser quebrantada, da sentido –por poco que sea– al resultado de la creación misma, a la transgresión. Son las reglas del juego, veamos por qué.
Sabido es que en la lengua española no existe el verbo pepsistir, pero sí el de resistir, gracias al cual es posible la asociación de ideas que transmite dicho neologismo; esto es, resistir con Pep o mediante Pep. Pero, claro es, sólo en el contexto de un estadio de fútbol, donde juega el Barsa con Pep Guardiola de entrenador, puede entenderse ese verbo sin necesidad de explicación alguna que, en cambio, sí necesitará el lector de estas líneas si no recuerda o no ha tenido noticia de la anécdota. Pepsistiremos nada tiene que ver (¿o sí?) con la famosa bebida yanqui, y sí mucho con la cantidad de kilómetros que todavía, a estas alturas, les quedan por correr, a Iniesta y compañía, por céspedes de España y de Europa (amén de los que, además, corren con la selección) si han de ganar todos los títulos a los que hoy optan. En que ello suceda, esto es, en dosificar sus fuerzas sin perder la buena marcha que llevan, desempeñará un papel importantísimo Josep “Pep” Guardiola i Sala, a quien la afición ya quería bien antes de que el equipo se pusiera a ganar partidos, tan lucidamente, a sus órdenes. Es por ello que, para mantenerse así, este tiene que resistir lo que venga, que, como decimos, no es poco. De ahí el singular verbo, conjugado –la ocasión lo requiere– en la primera persona del plural que son equipo (con el entrenador a la cabeza) y afición juntos: ¡pepsistiremos!
Pero he ahí que a uno de nuestros periodistas del telediario no se le ocurre otra cosa que hacer el chascarrillo facilón (en el acostumbrado tono condescendiente, tan habitual en ellos y ellas, pero sobre todo en los que cuentan las noticias de los deportes), advirtiendo de que pepsistir “no está autorizado por la Real Academia”, comentario este que le debió de parecer al periodista aún más ingenioso que la ocurrencia verbal misma de la pancarta, y que, en efecto, está muy bien para la gracia que a menudo se permite el periodista avezado, o con ganas de medrar en los medios, pero no por ello deja de hacer cundir una idea demasiado extendida: la de que la Real Academia Española está para reprimir la creatividad de los hablantes, esto es, entre otras cosas, prohibirles inventar palabras. Con lo cual se inventan, quienes la sugieren, un tipo de opresión lingüística que no existe en todo el ámbito hispanohablante, y me atrevería a decir que ni en la China Popular.

domingo, 1 de marzo de 2009

Lenguaje instantáneo

En un ensayo de 1946 titulado Politics and the English Language, George Orwell aboga por la eliminación de lo superfluo en la lengua inglesa. Se trata de un alegato en contra de la poca precisión (y aun de la enemistad con la verdad) del discurso de tantos, ya sea por comodidad, presunción, o conveniencia política, entendida esta última no tanto como lo que hoy llamamos políticamente correcto, sino como intento de justificar el mal llamándolo de otra forma. Los gobiernos tienen muy claro lo que hacen; es el ciudadano avisado el que anda, cuando menos, con la mosca detrás de la oreja al oír las torticeras razones que se le dan, expresadas en ese tipo de jerga de mandamases que es la retórica oficial, siempre abstrusa y a menudo infame (guerra preventiva en vez de invasión, o efectos colaterales en vez de matanza de inocentes, destrucción, etc.). Claro que no sólo los que están en el poder utilizan el lenguaje según les conviene: los políticos en general, e ideólogos de toda índole, lo manipulan según sus intereses. Nada nuevo y, sin embargo, esto sucede cada día más. Y así seguirán las cosas –como desde 1946 hasta la fecha– si, los que son conscientes de ello, no se molestan en hacer el esfuerzo de expurgar su propia lengua de cuanta ociosidad y torpeza expresivas la convierten en vehículo de ideas insustanciales que, a su vez, inducen a mayor inercia en la expresión, y viceversa; circunstancia ésta que demagogos y propagandistas aprovechan. Empecemos, pues –nos dice Orwell–, por atajar la corrupción verbal.
Un tipo de lenguaje que nuestro autor critica en La política y la lengua inglesa, el cual se da mucho en los medios de comunicación, es la raíz del problema. Yo lo llamo "lenguaje instantáneo". Lo oímos y leemos constantemente; se trata de todo un repertorio de lindezas tales como el talón de Aquiles, la caja de Pandora (o de los truenos), otra vuelta de tuerca, el patio de monipodio, etc. Éstas, tienen la ventaja de acudir a la mente en lugar de otras palabras que, aun siendo más simples, familiares y precisas, exigen que pensemos detenidamente en lo que queremos decir antes de decirlo. La sencillez de las palabras (que suele coincidir con sus pocas sílabas, también en español) es, precisamente, lo que apenas tolera la ambigüedad que, en todo caso, dará el contexto, si es la ambigüedad lo que se busca; porque, las palabras sencillas, conocidas por la mayoría, no se prestan al sinsentido, y, mucho menos, a la tontería, que rápidamente se nos revelará como tal si las utilizamos, claro es, en la medida de lo posible. Además, las frases hechas, los tópicos en general, “anestesian una porción del cerebro”; habría que añadir, empero, que a veces el ingenio de algunos es capaz de vivificarlas, jugando con ellas, dándoles la vuelta o tomándolas en sentido literal, como hace Quevedo o, sin ir más lejos, sabe hacer un buen amigo mío. Pero, por lo general, malogran el verdadero mensaje que se quiere transmitir, enturbiándolo.
Hay muchísimas expresiones de esas que podríamos llamar facilonas, frases hechas "prefabricadas", del tipo abrir la caja de Pandora, destapar el frasco de las esencias, correr una cortina de humo, buenas sensaciones, etc., que, de tan automatizadas como se tienen, acuden a la mente para evitar el trabajo (si no se está entrenado) de buscar las palabras precisas para expresar pensamientos u opiniones. Esto por un lado. Por otro, está la complicación de las ideas mediante la hinchazón de la prosa (ya sea por un exceso de tecnicismos o neologismos, ya por ampulosidades y rimbombancias retóricas), síntoma de que se está intentando aparentar solidez, o una altura intelectual o moral que no se tiene. Este tipo de afectación en la expresión es capaz de hacer tan confuso lo que uno quiere decir, que se le oculte incluso a quien lo dice. Hasta cierto punto, esto es algo normal, y aun comprensible, pero no un hecho ineluctable. No debemos excusar la propia ignorancia (y menos la pedantería) con la variedad y el cambio de las lenguas a lo largo de la historia. Tampoco hay que confundir el vulgarismo con la vulgaridad.
Es curioso cómo, muchas veces, se utilizan locuciones como a nivel de o en base a pretendiendo estar a la altura de, digamos, una entrevista para la televisión, y, a la vez, se demuestra ignorancia en otros niveles gramaticales. Es claro que todos nos entendemos, pero no sólo se trata de eso, sino de que uno se exprese bien, claramente y con propiedad. No por finura, purismo o casticismo, sino porque entender y ser entendidos nos hace más libres, menos dependientes de las apariencias, menos manipulables. Y si no, compruébese como ese nos entendemos (y la mayoría de argumentos que se dan, si es que se da alguno), suele ir acompañado de una expresión comodín muy repetida, las más de las veces, para paliar –a modo de saborizante instantáneo– la vaguedad –o insipidez– de las ideas; esto es, nos entendemos… de alguna manera.

lunes, 2 de febrero de 2009

Pedro y el lobo épico-histórico

No es difícil adivinar el calificativo que más utilizarán los medios de comunicación al día siguiente de una competición deportiva importante, si ha estado la cosa reñida y los participantes se han dejado el unto: aquella, y por ende, la victoria, habrán sido épicas. Y no es que sea para menos; en ocasiones, los atletas profesionales, entregados por completo a la consecución del éxito, hacen pensar, en efecto, en las hazañas de los héroes históricos o legendarios, sobre todo ahora que la leyenda y la historia -con reservas ésta para muchos- han resurgido como materia del cine y la literatura que más se vende.
A juzgar por la profusión de dicho adjetivo en la prensa deportiva, cada vez hay más victorias épicas, o de leyenda, así como históricos son tantos otros hechos o sucesos noticiosos que nos cuentan a diario. Y, claro es, quienes tienen por oficio usar y abusar de estos adjetivos, se ven obligados a matizarlos cuando a la ocasión la pintan calva. ¿Quién negaría que es histórico el hecho de que los estadounidenses tengan ya su primer presidente negro? Lo es, pero sería quedarse muy corto no aclarar que no lo es en la misma medida que la última cifra de parados. Según dijo uno de los muchos comentaristas de aquella noche, la toma de posesión de Obama fue un "acontecimiento histórico de primer orden". Vamos, tan de primer orden como el lobo que se come a las ovejas de Pedro en el cuento.

miércoles, 7 de enero de 2009

Precisiones

Tras la ingesta diaria de televisión, ya sean noticias o cualquier otro pasatiempo audiovisual lo que se engulle, nuestra capacidad discursiva, flexibilísima, acusa sin embargo la falta de interés, de rigor, y aun de calidad lingüística que por lo general tiene lo que los innúmeros canales ofrecen. De esas tres carencias, sobre todo la última se debe a la poca importancia que en los medios de comunicación se le da a las cuestiones de lenguaje, si no es para determinar la conveniencia de lo que se dice. La única corrección que se les exige es la política, y de ésa viven muchos, saltándosela.
La propiedad de las palabras utilizadas importa mucho menos, la jerga periodística tiene las suyas; toda nueva ocurrencia va de boca en boca y en seguida se pone de moda. Un afán de mimetismo atroz impide a los comunicadores hablar o escribir pensando en lo que dicen, de tal forma que su expresión se vuelve farragosa, al introducir en ella una serie de clisés, entre circunloquios, eufemismos y extranjerismos, que se consideran más periodísticos frente a la lengua común, aunque sea ésta mucho más sencilla, clara y precisa. Pero, a lo que parece, es como si su locuela justificara el paso de muchos por la facultad de periodismo, o mejor, el no haberla ni pisado.
La prueba de que ese tipo de lenguaje es una marca distintiva que nada tiene que ver con la claridad y la objetividad que predican sus usuarios, es que unas veces precisan demasiado, y otras, prescinden de los matices que sí son necesarios y que las palabras mismas acarrean. Así, los mismos que hilan tan fino diciendo que "las elecciones vascas coincidirán en el tiempo con las gallegas", no dudan en llamar efectivos a los militares, bomberos, jugadores de un equipo de fútbol, etc., cuando a lo que se refieren es al número de ellos que van al curro, diferenciándolos de los que libran o están de baja (acepción que, por cierto, ya entró hace tiempo en el Diccionario por la insistencia de los periodistos).
Es verdad que el periodismo es un oficio en el que urgen las palabras; por ello, precisamente, debería exigirse el dominio del idioma a quienes lo ejercen. Las precisiones que se hacen, pues, deberían ser para evitar el merodeo de la mente, cosa que, al menos en mi caso, no consiguen: al oír aquello, no puedo evitar ponerme a especular sobre el ser y el tiempo en las elecciones autonómicas de marras.
El discurso de los medios, claro es, no está interesado, como el literario, en la perdurabilidad. Lo está -como se nos dice en un video reciente en el que la agencia EFE hace balance de sus 70 años de existencia-, más bien, en "un presente con nuevos retos que alcanzar, un presente donde imaginar la información del mañana". Y esto no lo puede barruntar cualquiera, dado que sólo es capaz de hacerlo "el periodista total", que aun así sabe mantener "la esencia del periodismo: algo que contar, algo que interesa a los demás; con una mirada concreta: la de cualquier iberoamericano en cualquier lugar del mundo." ¿Cabe mayor precisión que ésa?

sábado, 8 de noviembre de 2008

Inercia

Los placeres y los días ya no volverán, pero El ruido de la calle, la columna diaria que escribe Raúl del Pozo en El Mundo, fielmente imitativa de la de Umbral -¡y en buena hora!- pero con una personalidad propia -que ya es decir-, es de lectura recomendadísima. Es este ducho articulista, como su maestro, amigo del buen decir y la sana crítica. Así, y como es de esperar en quien se expresa tan bien, a Raúl del Pozo no le pasan desapercibidos algunos de los aspectos que caracterizan al español de los medios, esa jerigonza "periodística y ministerial" (al decir de Francisco Umbral): en su artículo Ruleta rusa, por ejemplo, hace notar que los periodistas usan mucho la elipsis, que es lo mismo que decir que abusan de ella. Hoy leo, en el titulado Alas de Papel, que, esta herramienta (y juguete) de la humanidad en que se ha convertido Internet y su ciberespacio, al igual que lo fue en su día la imprenta, es "el nuevo lugar de la mente". Y habría que añadir -según algunos "expertos"-, para el que se necesita una mente nueva, pues, las habilidades más importantes -aseguran los mandarines de los mass media- ya no son leer y escribir, sino -aunque no se sepa cómo sin aquéllas- saber escoger. Pero, la bien llamada sociedad de la información -ya que se contenta con ésta-, no está por la labor, prefiere que se lo den hecho, y en forma de telegrama, o mejor, de SMS. "Hay una crisis de la retórica -dice Raúl del Pozo-, una transformación del lenguaje", y "en la alfabetización digital de nuestra democracia no se nota progreso ni ilustración".
Y es verdad, lo venimos repitiendo aquí: hay un tipo de inercia que afecta a la palabra en sí misma, es decir, a la capacidad discursiva de gran parte de la sociedad y que consiste, precisamente, en la sumisión -tanto pasiva como activa- del intelecto y su expresión a todo lo mediático; esto es, el conformismo y el aplauso generalizado ante el rasero intelectual vigente en los productos audiovisuales.
Grande tiene que ser la fuerza que rompa la inercia de una institución -de sobra ya consolidada en cuanto a recursos técnicos y métodos de manipulación- al servicio del poder, que la financia. Entre esos métodos y maneras de hacer asentadísimas está la manipulación del lenguaje. Lo que denominamos aquí registro mediático, no es más ni menos que la preñez expresiva de tantos profesionales y amateurs de la comunicación para las masas, los cuales sienten predilección por los lugares comunes y cierto tipo de expresiones y palabras postizas, características de su jerga; palabrería ésta en definitiva que, absorbida por el público lector y oyente todos los días, tiene a la lengua -en nuestro caso la española- en trance de convertirse en rémora para el cerebro de todos (lo es ya para el de aquellos cuya única rebelión ha sido dejárselo lavar). Algunos nos resistimos como podemos y nos aplicamos, junto con nuestro quehacer diario, a la conjura de los excesivos neologismos, los giros y lugares comunes difundidos por los medios de comunicación, sin más criterio que el de distanciarse del común e imponer el suyo, recurso éste que les sirve a tantas personas -cada vez más esclavas de aquellos a quienes les hacen el juego- para hablar (y aun escribir) en público.
Los que medran en el candelero como tantísimas personas de a pie, están ya sobremanera imbuidos de cultura audiovisual, la cual estiman alternativa a la supuestamente vieja y libresca (o académica), lo mismo que su uso de la lengua, informado por el tipo de locuela en que han convenido prensa, televisión y radio, amén de esa que terminará por engullir a las trés: Internet. Son legión quienes piensan que esa forma de expresarse "es lo propio" en la televisión, la radio o la prensa. La sensación general es la de que hablar así (a nivel de..., decir que..., el tema de..., ...de género, a día de hoy, buenas sensaciones, etc.) viste mucho. Gentes de toda clase y condición sa han hecho a la idea, pues, llegado el momento, sus adeptos renuncian, automática y entusiasmadamente, a su discurso normal (más o menos apopiado) para cambiar a dicho registro y decir cualquier trivialidad. Porque hoy en día, los medios por antonomasia son más que nunca accesibles a cualquiera, basta con perder la dignidad o hablar su jerga, si no, se es poco menos que un friqui.
Todo idiomicida (progresista, tecnócrata o demagogo) ve en el habla adulterada de la modernidad no solo un avance lingüístico indiscutible, sino un paso más en la llamada "conquista de libertades", la cual no tiene límites: es preferible un mundo en el que se terminen, también, los prejuicios "de tipo cultural", y, en concreto, los que derivan de un idioma con su norma culta fijada. Y es que hay mucho de pretendido paganismo lingüístico -y muy poca humildad para reconocer la propia ignorancia y aprender de los que saben-, en el sentido etimológico del término pagano, esto es, "el que no milita"; pero, en el caso que nos ocupa, en vez de en la fe de Cristo, donde no se milita es en las filas de los supuestos guardianes del idioma, sumisos a los dictámenes de la Academia, cuyo única razón de ser -piensan los paganos- es la de purificar el idioma, mediante la represión de sus hablantes: poniéndoles trabas (normas) y limitaciones (el Diccionario) a su libre albedrío, que es como los paganos ven la gramática.
Hay casos en que el desdén por lo normativo lo expresan algunos con suma propiedad (léase a este trujamán que, sin embargo, no acierta a traducir la línea -última del primer párrafo del célebre artículo titulado Politics and the English language- en que Orwell dice que el lenguaje es "algo a lo que damos forma según nuestros propósitos" y que nuestro trujamán interpreta al revés). Y, al contrario, también, la falta de letras hace que los tiquismiquis mezclen churras con merinas (todos hemos oído alguna vez, verbigracia, a alguien criticar la doble negación en español). A su vez, aquellos que cultivan el lenguaje y maneras pedestres -los hay que se ganan la vida con ello en los medios, ¿dónde si no?- suelen con frecuencia hacer un esfuerzo por mejorar su dicción, curiosamente, cuando maldicen a los puristas, cuando no echan mano del refranero o se producen con un retintín castizo -en ocasiones logradísimo- que, en su meollo, deben de tener por contrario a toda preceptiva en la lengua de Cervantes. En fin...

jueves, 2 de octubre de 2008

Mercadillo para pedantes

Según síntomas, el manejo de un gran -importante, dicen los bien hablados- número de estadísticas afecta al caletre. Sólo así se explica que cierto periodista pueda llegar a ver -puesto que así la llama- improbable una victoria de Fernando Alonso que ya se ha producido; siendo así que, por muy asombrosa e inesperada que sea, deja de serlo y se convierte en un hecho, celebrado o no -depende de la perspectiva-, del que casi todo el mundo tiene noticia.
Sería, sin embargo, de poco avisados excusar tal desliz verbal por el embotamiento de la mente llena de porcentajes, pues, higas como ésta, se nos hacen, desde los medios de información, todos los días, a los que respetamos y cultivamos -en la medida, siempre mejorable, de nuestras posibilidades- la propiedad de la lengua española. No son únicamente errores lo que cometen los periodistas que sacrifican el sentido común a lo mostrenco. Es una tendencia, la suya, que tiene a grandes parcelas de la lengua, y por ende, de la mente de muchas personas, sobre las que influyen tanto idiomáticamente, en trance de convertirse en pura vaguedad, imprecisión y pintoresquismo huero.
Cosas tan elementales como la probabilidad o la improbabilidad de un hecho son lo que los periodistas están trastocando, para ser diferentes -eso es ahora lo periodístico- del común de los hablantes (incluyo aquí también a los educados y más o menos cultos en letras, como los cultísimos académicos de la lengua, tan injustamente despreciados por ser tales, pues ellos también hablan español normal y corriente, aunque, además, dominen un lenguaje especializado para comunicar su saber, hecho de conceptos que necesitan de un lenguaje más preciso que los vehicule, que, naturalmente, ha de rebasar el repertorio de giros y voces del pueblo -cada vez menos llano en el hablar que informan la televisión, la radio y la prensa, sobre todo la deportiva-, pero que en ningún caso se trata de una jerga académica) cuando hablan o escriben.
Los periodistas de hoy, herederos de los que empezaron a hablar rarito, hace ya bastantes años (unos cincuenta o más), son gente aún menos concienciada de los beneficios personales y del procomún que derivan de conocer bien la lengua española, y, claro es, la cosa ha ido a peor. Exhiben sus perlas idiomáticas de bisutería sintética, las mismas y a diario, lo que tiene pero que muy poca gracia hecho a todas horas. Veamos algunas con las que nos quieren deslumbrar: parece habérseles pegado un especial gusto por decir eso sí a troche y moche, aunque lo que digan precise, más bien, del valor adversativo de un pero, o del contrastivo de en cambio; o el recurso a esos adjetivos, tan sobados innecesariamente: hoy todo es masivo e histórico; el adverbio literalmente para significar mucho o muy, y no "conforme a la letra o sentido literal" -cuando lo utilizan, curiosamente, no suele haber ambigüedad- ni que deba "interpretarse en la plenitud de su sentido la palabra a la que acompaña" dicho adverbio. "El bosque arde literalmente", nos dice la reportera de televisión, con las llamas enormes viéndose a lo lejos.
Es endémico en el periodismo español, que hace de él uso exclusivo, el condicional en -ía para expresar una hipótesis o un rumor -especulaciones, dicen ellos-, forzándolo tanto como al adjetivo supuesto; así, dicen, por ejemplo, que el mafioso -o supuesto mafioso- de turno podría haber escapado a Suramérica. ¿Cómo que podría? ¿Si le hubiesen dejado? ¿Si no lo hubiesen prendido antes? ¿Si qué? Pero no hay respuesta, ¡es que hablan así! O eso otro, de indios del Far West, al final de los telediarios: decir que..., destacar, verbigracia, las nubes del centro de España, tras ese infinitivo pelado, como si nos leyesen "sus apuntes en bruto"
, nos dice certeramente Fernando Lázaro Carreter en su El dardo en la palabra.
Hoy he oído cómo un afamado piloto de motocicletas despachaba a un reportero que lo importunaba sin darle tregua, con pretensiones de llevarse un buen titular rosa. Le preguntaba, cómo no, sobre su vida amorosa, a lo que el motociclista contestó: "Sí bueno, decir que ahora mismo estoy soltero." Y es que, dar muestras de estar tan familiarizado con la jerga y el estilo periodístico-administrativos de la inteligentzia mediática, le otorga a uno cierto prestigio ante el paisanaje; para que no se diga que sólo tiene cuentaquilómetros en la sesera.
Aparte sus émulos, creen los periodistas que deben hablar así para medrar en su profesión, sin importarles en absoluto la ignorancia que demuestran, a sabiendas de que el pueblo tolera su locuela y la tiene por algo normal, algo que deben hacer el esfuerzo de entender -e incluso imitar- si no quieren ser tenidos por palurdos: los periodistas hablan así precisamente porque lo son y tienen mundo (cosa que se da por hecho y que no tiene por qué conllevar demasiada cultura; en todo caso, se les supone con una cultura de otro tipo: la del cotarro, el establishment, y lo políticamente correcto, mucho más útil en nuestro tiempo, que se cree superior a todos), y hasta se les reconoce cierto mérito, ya que han tenido que aprender a ser ecuánimes en su labor informativa, a diferencia del resto de los mortales, que trinamos cada dos por tres.
Se ha librado a la sociedad del esfuerzo de pensar -y aun del de opinar-, siquiera de forma general, sobre la política, la economía, las ciencia y las artes de su país. De estas últimas, el arte actual, merece mención aparte. Es ese que ha de tener una causa fuera de sí que lo justifique, amén de diletantes -y mecenas-, jóvenes o no, pero que sean espontáneos y que no lo prejuzguen -sobre todo los mecenas-. Todos estamos llamados a convertirnos en gustadores de eso que se llama otra mirada del artista, la cual ha de poseer, a su vez -y a su manera-, claro está, quien mira. No vale mirar para otro lado, porque, por muy variopinto que sea -como su público fundamental-, y pretendidamente hecho a sí mismo al margen de las tradiciones que dictan el buen gusto, representado y coordinado por las academias, el arte actual -el que se va perfilando como vigente, por haberse buscado una utilidad irreprochable- es eminentemente humanitario, hasta el punto de hacerse sumamente abstracto o simple, conceptual y estéticamente, ya que, cualquiera que sea la causa por la que se lucha artísticamente, ella será también la que motive la exctracción de sentido en el espectador.
Es tanto el esfuerzo mental -de ningún modo el tiempo- que nos ahorran estos medios de comunicación globales que, sin ellos, no sabríamos poner las cosas en su debido sitio y hace tiempo que se nos habrían dado la vuelta como un calcetín. Es la información la materia prima con la que trabajan desde -ellos no dicen con o mediante, pues el suelo que pisan es la misma virtud que predican- la profesionalidad; ya pocos se atreven a llamarle objetividad, no por imperativo moral, sino porque esa palabra ya no lleva a ningún sitio y, en cambio, puede suscitar dudas a más de uno que mejor estaba calladito.
Pero es el caso que, como tengo dicho, desde hace algún tiempo a esta parte, el lenguaje periodístico (y a la par el administrativo) español viene cargándose de giros y palabras espurios que a uno le parecen destinados a que entiendan antes los de fuera que los de aquí, y que no hacen sino exasperar al personal a base de neologismos y circunloquios (aun siendo aquél buen entendedor, y, precisamente, por serlo), pero que resulta ser un sucedáneo de la buena dicción para la que hace falta una buena escolarización y muchas lecturas.
De los dislates verbales de los medios (y aun de los propios), uno se da cuenta gracias esa sensibilidad idiomática que todos tenemos, si no la hemos echado a perder, claro está, viciándola con palabrejas y modos de decir pintorescos para engalanar nuestra expresión, generalmente pobre, si no se ha informado, como digo, con los libros. Pero, sobre todo, leyendo ese delicioso que es El dardo en la palabra (el primero y el nuevo). Y, naturalmente, tantos otros de los maestros de nuestra lengua; aprendiendo, también, de los pocos pero doctos que todavía enseñan en los institutos y las facultades universitarias, esos catedráticos sabios -no todos lo son-, poco conocidos y que hacen vida normal, como un profesor mío de Historia de la lengua inglesa, que no renuncia, como muchos otros, a dominar y a amar la suya propia. ¡Y hay que ver cómo se expresa en ambas! Con los recursos que le da cada una, sin colgarse joyitas baratas del mercadillo de los pedantes.

martes, 2 de septiembre de 2008

García Márquez sufre "como un perro" por la mala calidad del periodismo escrito

Una de las voces más acreditadas para los periodistas (para la progresía, en general), Gabriel García Márquez, ha dicho que "sufre como un perro" leyendo los periódicos. Que no tienen tiempo los periodistas para pensar, y, en consecuencia, escribir bien. Casi nadie escucha a otros que decimos eso mismo. Los que sentimos que la lectura de periódicos, tal y como están escritos, no nos es ni siquiera simpática, nos mostramos solidarios en este caso con el colombiano. Si bien, tampoco es de esperar que sirva de mucho que el nobel, Gabo para los amigos, se haya quejado.
Lean la noticia y fíjense en el curioso uso que su redactor hace de obstante. ¡Si es que no tienen tiempo!